Tribuna abierta

El mito de barro de Triana

 

Lo lógico sería que este artículo lo escribiera alguno de los jefes de Triana al día. Pero justo porque podría culpárseles de no ser imparciales, quien lo firma es el jefe de Nervión al día. Dos puentes de separación dan la distancia suficiente para poder hablar de Triana sin ideas preconcebidas.

Nunca habité en Triana. Nunca sentí la brisa del río al abrir la ventana ni fui a comprar un pollo asado a La Estrella. Nunca viví una Madrugá de cornetas en mi barrio ni llamé a la Velá “mi feria”. Nunca tuve la suerte de sentir que aquello que había al otro lado del río era mío por derecho. Siempre miré al arrabal como aquella curiosa leyenda que habita al otro lado del puente.

Hoy nos ha llegado un comentario que dice que el mito de Triana es una gran mentira. Pero creo que, en todo caso, Triana es solo esa mentira piadosa que ha hecho que el arrabal resista, como ese lugar donde parecen no valer las leyes no escritas de Sevilla.

Recuerdo la primera vez que me tocó cubrir la salida de la Pastora de Triana. Y recuerdo aquel pavor de una masa ingente de personas que se me venían encima bajo un cielo de flores blancas de papel y ante un paso que avanzaba mientras le caían kilos y kilos de pétalos en la calle Alfarería. Si me llegan a aplastar un poco más, hoy sería parte del zócalo de la fábrica de cerámica Montalván.

Aquel día entendí, en parte, que aquel arrabal podía parecer un decorado desde fuera. Pero que era mucho más. Triana es el derroche que quiebra los cimientos del sentido común. Quien haya visto a la Esperanza, lo sabe. Hay días que es imposible buscarle la explicación a lo que pasa en Triana, porque lo que sucede más allá del Altozano no responde a las normas de este mundo. Buscarle los porqués a Triana es bucear en los orígenes del universo. Es ponerle puertas al campo.

Triana es ese barrio que,  más que poder, ha querido seguir siendo puente y aparte. Los tiempos han cambiado Triana, claro que la han cambiado. Han llegado nuevos edificios, nuevos negocios, nuevos bares y nuevas tendencias. La calle San Jacinto peatonal y el Museo de la Cerámica. El turismo encandilado por lo ‘instagrameable’ de sus callejuelas y los platos deconstruidos de gastrobar. Y eso no supone la muerte del arrabal. Quiere decir que está vivo, que no es ese decorado que algunos pretenden que sea. Donde hay transformación, significa que hay latidos.

Eso no es incompatible con que siga habiendo pajaritos fritos en Ruperto o tamboriles al alba la semana antes de Pentecostés. Aunque con algunas excepciones, tenía razón Jorge Drexler cuando cantaba que “nada se pierde, todo se transforma”. Triana se transforma como se ha transformado a lo largo de los siglos, desde que dicen que Astarté plantó aquí sus dominios.  Los conventos que cayeron, las calles que se ensancharon, los gitanos que dejaron su memoria de flamenco en el arrabal, las chimeneas fabriles que dejaron de echar humo… Consideramos iconos elementos que Triana ha abrazado, pero que llevan con nosotros menos de un siglo, como la Capillita del Carmen del Puente. O los edificios más hermosos de la Plaza del Altozano.

Triana es un mito, sí. Más bien un conjunto de mitos. El del Tenorio huyendo río arriba con Doña Inés en una barcaza por el Guadalquivir, el de la cigarrera Carmen y su bravuconería de vuelta de la fábrica, el de la tarde de La Valiente, el del inicio de la vuelta al mundo de Magallanes y de los aviones que surcaron el planeta desde Hispano Aviación, el de la batalla del Puente de Triana y el francés fantasmal de la calle Ruiseñor. Es el mito que han invocado los escritores y los compositores, los soldados y los cantaores. ¿Un mito falso? No. ¿Un mito que no podemos llegar a entender? Quizá.

¿Puede Triana ser mucho mejor? Sí, y debe serlo. Pero Triana no es una falsa representación, es quizá el poder de la nostalgia. De aquellas historias que la mayoría ni siquiera vivieron pero que quisieron haber vivido. Y ante el temor al olvido, Triana se levanta en armas para defender lo que sus abuelos le contaron que el arrabal era. Triana, la otra orilla donde los que no tenían ‘jurdeles’ se fueron a vivir porque dentro de las murallas no podían. El barrio de los marineros sin mar y de los que llevan haciendo loza fina desde que aquellas dos hermanas mártires acariciaran con sus manos el barro de las riberas.

Porque Triana es un mito de barro, como los azulejos que visten sus casas. Como los remates de Santa Ana y las placas que recuerdan a sus hijos ilustres. Un mito que está siempre a punto de venirse abajo, pero resiste. El barrio que siempre alude a las esencias que puede que solo viera en un sueño. Y aún así, el lugar al que siempre se puede volver. Porque sabe transformar el fango en azulejos de colores, y el dolor de la miseria en un motivo más para celebrar el día a día.

Miguel Pérez Martín

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
X