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El otro Rodrigo de Triana: ‘el Rojo’

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Rodrigo de Triana, el primer hombre de la expedición de las tres carabelas de Colón que avistó el Nuevo Mundo, tiene hoy su estatua en Pagés del Corro, con el dedo señalando al horizonte y un grito de piedra que recorre los siglos. Pero hubo un Rodrigo de Triana mucho antes, justo en la punta opuesta del arrabal.

Para encontrar los orígenes de la estatua primitiva de Rodrigo de Triana hay que viajar hasta la flamante Exposición Iberoamericana de 1929 que cambió la ciudad para siempre. En la zona que actualmente ocupan las viviendas y dependencias universitarias de la Avenida de Reina Mercedes, en la trasera de La Palmera, existía una plaza suntuosa hermanada con la Plaza de América.

Era conocida como la Plaza de los Conquistadores, y en ella estaban los principales pabellones de regiones y provincias españolas. Creednos cuando os decimos que era una plaza que era una verdadera maravilla. La presidía la maravillosa fuente de la Hispanidad, con una preciosa escalinata en la que la Hispanidad representada como una mujer -con cierto parecido a la Dama de Elche- estaba custodiada por las alegorías de los ríos Guadalquivir -España- y Magdalena -Colombia-. Parte de los restos de aquella fuente se encuentran hoy en los Jardines de las Delicias.

Pero en el interior de la plaza, una serie se esculturas presididas por la de Colón retrataban a los principales hombres que protagonizaron las conquistas españolas en América. Entre ellas, estaba la de Rodrigo de Triana, obra de Manuel Delgado Brackenbury -autor, por ejemplo, de las esculturas de la fuente del Prado o de la Puerta de Jerez-. Una vez terminada la exposición, aquel Rodrigo de Triana fue llevado a nuestro distrito, justo en la Plaza de Chapina, ante lo que hoy sería el Hotel ABBA.

Era peculiar aquel Rodrigo de Triana ya que en su mano portaba un pergamino -otros dicen que un pañuelo- que se vandalizaba de vez en cuando, por lo que el marinero parecía alzar el puño. Eso, por supuesto, tras la Guerra Civil no estaba nada bien visto. En Triana lo llamaban ‘Rodrigo El Rojo’ y lo consideraban casi un símbolo comunista. Hubo incluso cartas al director en el diario ABC que pedían retirar aquella estatua haciendo un símbolo que en pleno franquismo era un desafío.

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Tardó la respuesta por parte de las instituciones pero, desgraciadamente, llegó. En la década de los años 70 del pasado siglo, aquella estatua de Rodrigo de Triana fue desmontada, dicen que por el mal estado de conservación de la misma. Y diez años después se inauguró la nueva de Pagés del Corro, sin que nadie recordara la anterior. De la antigua, nada más se supo. Probablemente haya desaparecido para siempre. Pero recordar su memoria es no solo honrar una parte de la Historia de Triana sino también de aquella fastuosa Plaza de los Conquistadores, de la que hoy nada queda.

Miguel Pérez Martín

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