Rocío

«¡Viva la Parroquia de San Jacinto! ¡Viva Triana!»

Desayunos y vinos

Triana tiene tanto poderío que controla hasta los caprichos del firmamento. Por eso esta mañana cuando el sol comenzaba a calentar la fachada de la Parroquia de San Jacinto, ha sido cuando el Simpecado ha cruzado el dintel de la puerta para emprender una nueva romería. Que dos siglos no son nada.

Suena la Marcha Real para los destellos de los hilos de oro que son en Triana la luz de todas las primaveras. Y con el sonido de los metales agitando la brisa de la mañana, los corazones agitados del arrabal saben que todo ha vuelto a comenzar. Una muchedumbre aguarda en torno a la carreta con la sonrisa puesta y alguna ojera marcada.

Sobre el templo de plata tirado por los recios bueyes coronados de la torre de Santa Ana, flores del rojo de la bandera de la ciudad. Para custodiar el Simpecado, naranjas de la Sevilla reinventada de Aníbal González en los 90 años de la Expo del 29 y limones de los recuerdos de la infancia de Antonio Machado, aquel niño poeta del Palacio de Dueñas. Sobre el suelo de la carreta, alfombra de ese romero que soñó ser la margarita para ir con la Virgen en el sombrero.

En Pagés del Corro no cabe un alma más. Caballos relucientes, como ejército y avanzadilla de una devoción bicentenaria, avanzan por San Jacinto mientras el Simpecado asciende al cielo bendito de su carreta. Desde lo alto del muro que rodea la parroquia, los ojos de Gasán vuelven a buscar con su cámara otra estampa que guardar en el aguafuerte de la memoria eterna del arrabal. Un poco más allá, unos niños protegidos por vallas en la esquina de la cruz de piedra cantan sevillanas a la Chiquitita salida de las manos de Castillo Lastrucci entre el bullicio. El mismo imaginero que talló las imágenes de los misterios del Barrio León o la calle Pureza, y que regaló a Triana la mirada de la Madre que vive en la parroquia de Castilla.

Con la mano extendida, como un espejo de aquel Rodrigo de Triana que vive al fondo de la calle, el caballista que ha colocado el Simpecado en la carreta se dirige al pueblo. Con una mano agarrada a una de las columnas, recita su letanía de vivas para que el arrabal bendiga a la hermandad que lo lleva hasta la Blanca Paloma. Que nadie se quede atrás, que aunque no podáis venir, un trozo de vosotros nos lo llevamos y os lo devolvemos en una semana impregnado de Rocío. «¡Viva la Virgen del Rocío! ¡Viva la Parroquia de San Jacinto! ¡Viva el barrio de Triana! ¡Viva Triana!», grita el pregonero desde su postigo de plata. Respuesta de vivas de gargantas emocionadas y aplausos.

La carreta comienza a avanzar entre el gentío. La parroquia se queda iluminada por el sol y la Estrella de la Mañana despide desde su interior a los romeros, a los que recibió con las claras del día entre sevillanas, la banda sonora del barrio en junio. La carreta se pierde en el horizonte, para seguir llenando de alegría las calles trianeras. Suena la Salve en La O y las campanas de gloria en la Basílica del Cachorro. Y Triana suspira. Se queda un olor a romero y marismas en la brisa que juega con las esquinas. Buen camino, romeros. Que las arenas sean leves y a esperar que estéis aquí otra vez, para decirnos que la habéis querido otra vez, que le habéis cantado por sevillanas otra vez y que habéis llorado ante su mirada.

Miguel Pérez Martín

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