Semana Santa

Y el mar de Esperanza colmó las dos orillas

esperanza regresa

Ayer cuando la ciudad reposaba el almuerzo, cuando debía ser esa hora en la que el duermevela de los estómagos llenos nos desplaza hasta el reino de Morfeo, todo se puso del revés. ¿Quién puede quedarse ajeno al triunfo del derroche de flor y cera en pleno noviembre? En tiempos oscuros, cuando la Esperanza sale a nuestro encuentro, no se puede hacer otra cosa que arroparla. 

Eso sucedió ayer cuando las espadañas del centro daban las cuatro de la tarde y la Señora de Pureza recibía los rayos de sol de un invierno que ayer fue más bien primavera bajo las agujas góticas de la Catedral. Tras la toma de la avenida por las cornetas de la Banda de las Tres Caídas -¡quién no creyó ver en un destello la silueta de Rafaé y Calamar adentrarse en García de Vinuesa!-, el palio de la Esperanza se sumergió en aquella antigua Calle de la Mar. Qué mejor calle para alcanzar el Arenal donde, entre Murillos y maquinaria artillera, los azulejos del Hospital de la Caridad guardan las arcadas góticas que custodiaron los galeones que partieron de ese puerto del que la Esperanza siempre ha sido gobernanta.

Con la caída de la noche y mientras los últimos pájaros de los árboles de Adriano apagaban su canto, llegaba la Esperanza a la puerta bellamente engalanada de la Hermandad del Baratillo. Porque las hermandades del Arenal son un poquito de esta orilla y un poquito de aquella. Solo ellas tienen el secreto para hacer que el río no sea una frontera natural y se torne Mar de Galilea sobre el que caminar para alcanzar Triana. Tras la explosión baratillera, las guirnaldas de flores blancas la esperaban como un dosel en Pastor y Landero.

“Soleá, dame la mano por la reja de la cárcel”, quiso resonar en el eco de una calle que cambió a los guardias y las rejas por las arcadas blancas y el bullicio de una plaza de abastos. Al paso de la Esperanza entre un mar de fe que la custodiaba, pareció que se levantaban de nuevo las garitas de aquella Cárcel del Pópulo cuyas piedras absorbieron los cantos desgarrados de los presos que le lanzaban saetas tras los barrotes con el alba. Y la Esperanza se miró en su propio azulejo, en la esquina de la calle Almansa, como la que se mira en un espejo para constatar que, aunque pasen los siglos -seis en este caso-, la Esperanza siempre pervive y nunca se pierde.

Con bambalinas a golpe de remo, navegó Triana hasta Reyes Católicos, la última avenida antes de llegar al embarcadero de su puente de forja. La masa la custodió, y la Esperanza alcanzó entre el bullicio el pequeño desnivel que la lleva a flotar sobre las aguas del Guadalquivir, como lo hizo hace décadas sobre el Puente de Barcas. Antes de tiempo, para que la ciudad pudiera seguir su ritmo después del sueño, si es que la ciudad podía resistirse a la tentación de no cruzar al arrabal.

Y entonces, se pararon los relojes. Con la Esperanza ante la Virgen del Carmen de la capillita que Aníbal González le hizo para que Triana nunca olvidara su pasado marinero, el tiempo se diluyó y el barrio, desvelado por deseo propio, recibió a su Esperanza como un mes y medio después recibirá a aquellos vecinos que tuvieron que hacer las maletas y suspirar en el andén, camino de un futuro en tierra lejana para conseguir una vida próspera, que no mejor.

esperanza 1

Y empezaron los cohetes, y los fuegos artificiales con la Esperanza en un Altozano en el que no cabía un alfiler. Aforado desde horas antes, con las vallas que contenían el fervor del arrabal y de aquellos trianeros que nacieron en otros puertos, pero que ayer parecían haber vivido infancias de avellanas verdes en la Calle Larga. Pirotecnia en el cielo, señales de humo para avisar a la ciudad madre que vive en la otra orilla: “¡Mamá, que todo ha ido bien, que ya he llegado con las maletas cargadas de cariño a casa!”.

Y como en el retorno de una Hija Pródiga que solo se fue un par de días pero que parecen una eternidad, San Jacinto se convirtió en un mar de cabezas que en ese momento estaban sometidas al imperio del corazón. Jolgorio para un palio que dicen que no podía avanzar… pero que lo que le pasaba es que no quería que se acabara esta noche. La Esperanza deshizo el nudo marinero que aprisiona el urbanismo caprichoso de un barrio hecho con manos alfareras y ensanchó cada calle para multiplicar el espacio y las almas.

Iluminada por una candelería inagotable, entre el oleaje de voces rotas y marchas brillantes, llegó a sus callejones. Las calles que la ven en la mañana del Viernes Santo cuando las últimas flores de su palio ya están abiertas y perfuman los balcones. Y con el solo prodigioso de ‘A tí Manué’, la virgen más morena de las dos orillas invocó al pasado gitano del arrabal antes de entrar en Santísimo Cristo de las Tres Caídas, la calle de ese hijo que la esperaba ansioso donde los marineros piden buen viaje antes de izar las velas blancas del destino.

Y a partir de ahí, todo fue una ensoñación. Un reguero de calles bendecidas por la Señora Santa Ana en las que nada malo puede pasar. La Esperanza reviraba en cada esquina suavemente. Como esos últimos besos que se dan como si el mundo acabara cuando los bordados del manto se perdiera en el horizonte. La antaño llamada Calle Larga, Pureza marinera, nunca fue tan corta. Paradojas del arrabal. En los ojos de los vecinos viejos que reflejaban los destellos dorados del techo de palio, había mucho de emoción y un poco de pellizco. Que esto se acaba, señores. Y al mismo tiempo empieza.

Porque cuando se cerraron las puertas en Pureza, en el aire ya no había tristeza, solo un mar de gente inmóvil que cerraba unos días de triunfo entonando la Salve Marinera . En el silencio de la noche, casi 300.000 personas, muchas de ellas venidas en 600 autobuses, regresaban a sus hogares con las espaldas doloridas, las piernas cansadas y los bostezos a flor de piel. Pero daba igual. Porque Sevilla y Triana, por unos días, se habían aferrado en pleno noviembre al ancla salvadora de la Esperanza.

Miguel Pérez Martín

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
X