El Señor de las Tres Caídas en un carro de patatas

Hay historias que merecen ser contadas. Hay guardianes del patrimonio que no tienen carreras de Historia del Arte, pero que se juegan la vida para salvar lo que ellos creen que es el alma de Triana. Esta es la historia de la familia que se jugó su vida por salvar al Cristo de las Tres Caídas de la Esperanza de Triana durante la Guerra Civil.

Eran días turbulentos. La vida se impregnó de los olores del miedo cuando la Guerra Civil enfrentó a hermanos con hermanos y las iglesias ardieron. Triana lo sufrió, y muestra de ello es la valentía de Salvador Dorado ‘El Penitente’, que se enfrentó a un grupo de radicales republicanos y salvó al Cachorro de un fuego que lo habría reducido a cenizas en aquel julio que jamás ha de volver a repetirse.

En aquellos días complejos de temor y de postigos cerrados, se temió por la integridad de la talla del Cristo de las Tres Caídas si seguía en la Capilla de los Marineros. Fue entonces cuando la familia Medina, residente en la calle San Jacinto, se puso en marcha en un plan arriesgado para salvar al nazareno de la calle Pureza.

Todo se orquestó a oscuras en una habitación de la calle San Jacinto. Si las luces estaban encendidas, las paredes oían. Así que se aseguraron de que nadie escuchara cómo iban a sacar al Señor de las Tres Caídas de su capilla. No se podía hacer de noche, porque las sospechas se acrecentarían. Había que hacerlo por la mañana, a plena luz del día. El artífice del traslado en sí iba a ser José Medina, un hombre que trabajaba transportando mercancías en su carro.

El traslado secreto

Francisca Medina de los Santos, hija de José Medina, relata en un interesante vídeo para la revista Oclisé cómo se llevó a cabo el desafío. Ante la preocupación de que el fuego pudiera acabar con la Capilla de los Marineros, su abuelo y su padre junto con su padrino, Francisco Gordillo, que era entonces Hermano Mayor de la Esperanza deciden sacar al cristo y ponerlo a buen recaudo.

José ve una buena oportunidad en un porte de patatas que tiene que hacer desde el Mercado de Entradores -el del Arenal- hasta el arrabal. Así que decide poner un saco vacío. Aquella noche hablaron con un guarda, que fue el que les recomendó hacerlo de día. Y aquel guarda sirvió de cómplice. Aquella mañana el Cristo de las Tres Caídas salió en una carretilla con apoyo del cura de la capilla para meterlo en el saco y cubrirlo con una sábana. Ahora quedaba que nada sucediera hasta la calle Betis, donde estaba la casa de Gordillo y en donde se guardaría el Cristo.

En el Altonzano al carro le dan el alto. Y el guarda, que lo acompaña en el camino, defiende al propietario del carro diciendo que no tiene afiliación ni intereses políticos. Y es entonces cuando enfila el carro hasta el número 36 de la calle Betis, donde el Señor de las Tres Caídas se refugiaría aquellos tiempos convulsos.

En la casa de la calle Betis, el Cristo de Pureza es escondido tras un tabique en el hueco de una escalera, con un ladrillo suelto para poder quitarlo y mirarlo desde fuera. Allí se le rezó al Señor de las Tres Caídas a través de aquel hueco de ladrillo durante el tiempo que se escondió en aquella casa.

Una vez terminado el peligro, se hicieron unas andas para llevar al Señor de las Tres Caídas hasta su capilla de nuevo desde la casa de la calle Betis. Se esperó a que el padre de Francisca, que estaba en la guerra, volviera al hogar para hacer el traslado. Durante años, José no pudo salir en la Esperanza de Triana ya por la avanzada edad, pero seguía yendo a verlo a su paso por el Altozano. Y entonces, pronunciaba la frase que marcó a su hija: «Señor, gracias por el honor con que me premiaste. Pocos hombres pueden decir como yo que, un día cualquiera, di un paseo en mi carro con el Hijo de Dios».

M.P.M.

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