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La Boca del León del otro lado del océano

Foto: Juan Manuel Jiménez

Tiene el Puente de Triana un guardián del arrabal. Un león de piedra que custodia a nuestros vecinos y que tiene un hermano gemelo al otro lado del Atlántico. Esta es su historia paralela.

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La llamada «Boca del león» o «Boca el león» es uno de los testigos más notables de la historia de las catástrofes de Triana, las relacionadas con las crecidas del Guadalquivir y las riadas. No sabemos muy bien cuándo apareció esta especie de gárgola en forma de cabeza de león en lo que hoy es el restaurante María Trifulca, pero sí sabemos que estaba allí en 1922 cuando se construye la estación de vapores que luego se convertiría en El Faro.

Esta cabeza de león con aspecto de animal mitológico hecha de piedra blanca tenía un cometido fundamental. Si el agua del río en las crecidas la alcanzaba, Triana se anegaría. Servía de aviso a los vecinos del arrabal para lo que se les venía encima. La Cabeza del León aparece en las fotos de 1928, cuando Aníbal González daba los últimos retoques a su Capillita del Carmen en el puente, tras la demolición de la original de la Plaza del Altozano en 1924. Por cierto, el reloj que formaba parte de la primitiva capilla es el que se instaló en la torre de la estación de vapores del Faro.

Un león que sobrevivió años de inundación

Pero no es esta la única cabeza de león con este cometido. Al otro lado del Atlántico, en la Ciudad de México, nuestra Boca del León tiene una hermana. En la esquina de las calles Motolinia y Madero de la capital mexicana, se encuentra incrustada en un edificio una cabeza de león de piedra. Este león mexicano se asoma a más de dos metros de altura en esta esquina, y marca también el nivel al que llegaron las aguas en una inundación.

Pero en este caso fue el león antes que las aguas. Pertenecía a un edificio que existía en esa zona cuando en 1629 una tromba de agua que duró 36 horas anegó por completo la ciudad. La construcción de la ciudad sobre el lecho de un lago hizo que, con aquellas lluvias, las aguas recuperaran el lugar que les pertenecía. La capital mexicana sumergida bajo más de dos metros de agua en una inundación que duró casi cinco años. Hubo que esperar hasta 1633 para que los mexicanos volvieran poco a poco a sus casas, cuando el agua se evaporó ya definitivamente en 1634. Aún así, algunos se habían quedado a vivir en ellas habitando las segundas plantas de los edificios y entrando a ellas por los balcones, moviéndose en balsas por las antiguas calles de la urbe y escuchando misa en las azoteas.

La Cabeza del León de México, por tanto, es anterior al siglo XVII y es testigo de aquella ciudad en la que con la inundación se desplomaron cientos de casas, se produjo un éxodo de unas 50.000 personas y por las condiciones insalubres y la propia anegación pudieron morir hasta 30.000. Durante aquellos cinco años, la conocida como ‘Inundación de San Mateo’ fue intermitente, ya que cuando parecía resolverse, las lluvias volvían a hacer subir el nivel de las aguas en la ciudad. La cabeza del león de la capital mexicana estuvo retirada unos años, pero fue hallada de nuevo y colocada a su altura original, donde sigue a día de hoy recordando aquellos cinco años de catástrofe.

El león delator de Venecia

Por cierto, Venecia -otra ciudad que ya nació completamente anegada y en la que las inundaciones eran constantes- tiene una Boca del León también. Recordemos que el león es icono de Venecia por ser el símbolo de San Marcos, protector de la villa. De hecho, tiene muchas bocas de león. Aunque en este caso su función no es la de prevenir sobre las inundaciones, ni tampoco son leones en sí, solo tienen de ellos el nombre.

Eran buzones repartidos por toda la ciudad -muchos se conservan- destinados a que los ciudadanos introdujeran en ellos denuncias anónimas entre el siglo XIV y el XVIII. El Consejo de los Diez, que recibía estas denuncias, actuaba de manera secreta, a pesar de que el Dux -máximo poder de la república veneciana- formaba parte de él, y su labor era la de salvaguardar la paz en la ciudad y prevenir posibles insurrecciones y revueltas. Este consejo, que se servía de las denuncias de la Boca del León para saber a quién vigilar, fue conocido por los terribles castigos a los que sometía a los acusados.

Miguel Pérez Martín

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