Actualidad de la Velá Velá de Santa Ana

Martes de Velá: El retorno de los seriéfilos, la tortillita en el spa y los Romeros de la Puebla

Cuando llegamos a la Velá, la fiesta comienza a hacer esa transición entre la tarde de las familias que pasean y los turistas turbados porque haya una feria en una calle en julio y la chavalada que se prepara para lucirse sin que los cercos de sudor estropeen su ‘outfit’. Es martes, y el arrabal se prepara para otra noche de botellines y montaditos para empapar.

Hay un poco de rastro de resaca en el cuerpo, que la noche anterior aguantamos hasta el final. Hasta que el de la caseta de San Gonzalo no nos dijo que la barra estaba cerrada, no nos rendimos. Ojo, que no es porque seamos unos fiesteros, sino por comprobar si las casetas cerraban a las tres como nos dijo el policía el lunes (y efectivamente, sí que cierran). Todo sea por la noticia. Ya está tardando el Pulitzer.

Es cuando el sol se marcha tras la Capillita del Carmen cuando comienza la transformación. Finalizada la cucaña, los últimos chavales que iban a por la última bandera deciden que su momento de gloria no se lo quita nadie. Así que siguen intentando recorrer el palo aunque ya no haya premio. La gente en la zapata, botellín fresquito en mano, decide quedarse apalancada para verlos mojarse.

Aunque para mojada la tortillita de camarones que agoniza en el muestrario de la barra de una de las casetas. Languidece, pobre ella, porque los chorritos de vapor de agua de la caseta de al lado se cuelan hasta su plato y la van poniendo cada vez más blandengue. Muerte lenta para la tortillita en una suerte de spa que ella no buscó.

Hoy se nota que habrá más gente. Han vuelto esos especímenes a los que les da igual que sea Lunes Santo, que día del Corpus que lunes de Velá en la calle Betis. La primera jornada de velá, los seriéfilos con nostalgia se rindieron a sus capítulos en Netflix o HBO. Han estado el fin de semana en la playa poniéndose finos de manzanilla de Sanlúcar, y han preferido perderse el lunes ante la pantalla con algún capítulo pendiente de ‘La Casa de Papel’, pero hoy regresan. Porque ellos siguen viendo las series los lunes aunque no haga falta, que tienen disciplina heredada de ‘Juego de Tronos’.

En el Altozano, desde las nueve y poco hay gente ya cogiendo sitio. Esta noche el arrabal canta por sevillanas, y el Turruñuelo canta a los Romeros de la Puebla. La presentadora se dirige al inicio a una plaza abarrotada en este homenaje al conjunto, a los que están sentados en la primera fila y los que ven el espectáculo desde el balcón del cielo. Los Romeros se levantan en una sonora ovación que les dedica el barrio, con humildad y algo de timidez agradecen los aplausos y se les tuerce un poco el labio reprimiendo la emoción antes de que sus grandes éxitos suenen por la megafonía. Más allá de las sillas, en San Jacinto, un mar de móviles graban y las parejas se acurrucan sin exageración, que el sudor te pega la ropa al cuerpo. Más aún si te has puesto el polo pegadito que hace que se noten las horas que echas en el gimnasio.

En la caseta de La Estrella, no se da abasto para abrir botellines mientras en el espejo de marco dorado se refleja la silueta de la Maestranza iluminada. Una turista asiática con una botella de vino rosado intenta llamar al camarero. Por señas, le dice que le preste un sacacorchos para abrir la botella que ya tiene el corcho hecho polvo de haberlo intentado de manera poco ortodoxa. Al camarero se le pone cara de circunstancia. Porque sí, ella se ha traído su propia botella de vino para bebérsela a su ritmo. La despacha con un: «Pregunta en San Gonzalo, a ver».

Mientras, Instagram es un hervidero de la gente que va llegando para abarrotar la calle Betis. Resulta imposible llegar al Faro y no hacer la foto desde la escalera de las casetas. Todo el mundo la misma story, todo el mundo anunciándole a la chavalada que ya está aquí como quien no quiere la cosa. En el puente, los turistas son más de selfies ante, probablemente, el primer puente adornado con farolillos que hayan visto nunca. La nota discordante la ponen en el Paseo de la O, donde la policía tiene que actuar porque hay grupos haciendo botellón. Almas de cántaro, para una fiesta en la que la cerveza está a un euro y las copas desde 3,5 y vosotros con la bolsa de hielo cargando que debe derretirse nada más ponerla en el suelo. Hoy no hay excusa para que os bebáis el ron barato ese que habéis comprado en el Mercadona, un poquito de saber estar.

En la calle Betis ya casi no se puede andar, y en los dos puestos de avellanas verdes, los vendedores hablan de la mala situación del campo y explican a los foráneos qué son esos cogollitos verdes que se amontonan en el mostrador. En las atracciones, los niños se dan la vuelta antes de que sus padres los arrastren a la cama. El miércoles habrá aún más gente y algún pícaro casetero empezará a borrar las ofertas de las pizarras para que el mismo botellín cueste un poco más. En una de las casetas una paella a medio comer se reseca al relente, y en otra hay un puesto de ‘pulpo a feira’, como todos sabemos un plato tradicional de la gastronomía trianera.

Abandonamos antes de la medianoche la Velá, y atrás queda el sonoro rumor de las risas y los reencuentros. Quizá con un amigo del colegio, quizá con un compañero de la facultad. En el móvil, una amiga pregunta que dónde estamos. «Vamos ya camino de casa». «¡Pero si me dijiste ayer que hoy nos veíamos!», me dice. La Velá vuelve a tentarme, pero llegando a Plaza de Cuba el perfume a hamburguesa y freidora sin descanso ya ha activado el mecanismo de vuelta. ¿Habrá conseguido la turista asiática abrir la botella de vino? Nunca lo sabremos. Mañana será otro día.

Miguel Pérez Martín

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