María Trifulca: notable en casi todo, suspenso en conducta

faro de triana ok

El Faro, nuestro guía, el que ponía luz y ahora (bueno, hasta hace bien poco) ponía música a Triana con su reloj. El Faro, ahora María Trifulca, un sitio renovado y con un aspecto inmejorable, como su comida. Pero no así su servicio.  Permítanme salvar a Javier, un excelente camarero, y al cocinero, cuyos platos son dignos de ser ofrecidos en el Olimpo, pero ¡cuánta distancia entre ellos y otros!

Empezando por el principio, tratándose de un sitio nuevo y sin embargo con un enclave tan antiguo, me decidí ir a cenar un miércoles por la noche. Conociendo que está de moda, intenté reservar y lo hice. Eso sí, a través de Instagram. Sin problemas. 21:30 horas, mesa para dos, en terraza.  Como yo no soy puntual pero mi pareja sí, llegué a las 21:25 y pedí mi mesa. «Lo siento, no estará hasta las 22:00 porque no sé quién le habrá dicho a las 21:30, pero las reservas son a las 22:00». Bendito favor para alguien como yo, que prefiere una buena bebida para abrir boca.

Así, en un lugar muy genialmente reformado, disfruté a la altura de nuestro puente de una buena cerveza mientras esperaba y veía pasar a gente a la zona alta ocupando mesas. 35 minutos pasaron antes de preguntar por mi mesa. «Uy, no recordaba que estábais aquí», me dijo la supuesta maitre, una chica que parecía bastante superada por la situación. Tenía que haber esperado lo que se me venía encima.

Dicho sea de paso que tras preguntar no tardaron más de 30 segundos en subirme, y otros 30 en bajarme… Posiblemente víctimas del agobio y la desorganización. Relato paso a paso para que no se me escape nada, aunque es rápido. Subimos mi pareja y yo porque así nos lo dicen, llegamos arriba, nos dicen que está nuestra mesa, que sí, que no, que sí… Y un señor que parecía el encargado -por edad y actitud, no así por competencia- nos asalta, literalmente, y nos dice que no podemos sentarnos, que no son las diez. «Yo solo soy un empleado, su reserva es a las diez, imposible que sea a las nueve y media (benditos mensajes de Instagram que se quedan grabados y en los que se puede leer claramente la reserva) y faltan dos minutos para las diez». «Sin problemas», le contesto, «pero no sé si he dicho algo que le pueda molestar porque no entiendo su actitud». Lo siguiente fue un tanto dantesco, entre aspavientos se dedicó a excusarse y, sorprendentemente, mi pareja y yo a intentar calmarlo. «No pasa nada, si no nos importa esperar, pero no creo que sean los modos correctos».

Boquiabierto y sin entender muy bien qué pasa, me han pedido subir y de nuevo bajar de bastantes malos modos. Sin mesa, bajo. Qué remedio. Allí las caras lo decían todo. De nuevo la supuesta maitre me dice que lo siente pero que les comprendamos, que están hasta arriba y no entienden qué ha pasado. «Oye, que no me importa esperar, que me pido otra cerveza. Pero no entiendo el asalto que he sufrido arriba sin motivo cuando solo te seguía donde tu me decías». Como hablar con un muro… Literal.

Al final, me dieron mi mesa mesa (45 minutos después y tras una escena digamos que rocambolesca), me trataron no como un rey sino como a un cliente normal. Bebí, comí, disfruté de las vistas… Incluso me invitaron a una copa de vino y me pidieron disculpas porque «bueno, no es normal lo que ha pasado pero entiéndelo». Y lo entendí, y me fui con mi entendimiento y un trato que no puedo calificar de bueno por mucho que luego en la mesa fuera excelente. 10 en comida, 10 en vistas, 10 en casi todo… Un pena que tenga un cero en conducta por culpa de alguien que, en un sitio donde se va a disfrutar y relajarse, merece ser un cero a la izquierda.

Bonita Trifulca, María.

Emilio, vecino de Triana

publicidad

Compartir:

Otras noticias

Comer en Triana